Es evidente que tenemos lo que tenemos -no hay más- por obra y gracia de nuestra secretaría técnica, que se ha cargado lo más característico del Sevilla de los últimos tiempos: su capacidad ofensiva. No hay ataque. No hay jugadores que sean capaces de aprovechar el soporte ofensivo que alimenta Jesús Navas, él único capaz de inquietar el marco contrario. No hay un jugador que sea capaz de definir en la zona caliente. Manu del Moral se pierde en la nada, desaparece en combate, ¿no ha encontrado su sitio o juega donde no debe jugar? En cuanto a nuestro único “espada”, Negredo, lento y desubicado, siempre escondido tras los defensas y esperando el fallo, incapaz de crear espacios ni para él ni para nadie. La sombra de Kanouté es grande y alargada y su recuerdo estuvo en mi mente y supongo que en la de muchos sevillistas. Es un pobre consuelo porque nuestro crack es ya mayor y es muy posible que ésta sea su última campaña en el Sevilla.
Y como sin gol no puedes aspirar a nada, pues Marcelino apostó desde el principio por el empate. Pero una vez más, la empanada defensiva, virus que suele atacar a la defensa del Sevilla en determinados momentos, surgió en forma de regalo, pero no de uno, sino de tres Reyes Magos. Triple fallo, triple caraja. Hasta entonces el equipo se había defendido bien y con acierto, teniendo en cuenta que le había cedido todo el terreno al contrario, que una y otra vez nos ganaba creando superioridades numéricas en cualquier zona del campo, en especial por su ala izquierda, todo un carril libre y franco por donde entraban como Perico por su casa. Es verdad que el gol llegó en una acción desafortunada, pero también es verdad que, a excepción de los 15 o 20 primeros minutos, la superioridad del Valencia fue agobiante y merecieron ese gol y alguno más. Después del gol, el sufrimiento se incrementó y fue un alivio terminar así el primer tiempo.
Un solo gol, pero que vale su peso en oro, porque ni el Sevilla es equipo, hoy en día, goleador como para marcar una diferencia de dos goles sobre una escuadra que sabe defender, que sabe jugar al contraataque y que, aunque me pese, debo reconocer que está, al menos, un nivel por encima del Sevilla. El equipo valencianista que, por necesidades económicas tuvo que desprenderse de sus joyas, merece un reconocimiento, sobre todo su secretaría técnica, pues ha sabido fichar bueno y no muy caro, un plantel de jugadores de no mucho nombre, pero de una altísima calidad técnica, que actualmente le sitúan por méritos propios como el mejor equipo español, tras los monstruos que dirigen y mangonean nuestra Liga.
Así, pues, resultado malo y problemático para la vuelta, gracias al fallo múltiple, incomprensible de un equipo que en general se defendió con orden y acierto, pese a la presión del Valencia y de Mestalla. Cosas del Sevilla, de este Sevilla nuestro que cada vez se va pareciendo más al Sevilla de antes de la “era dorada”, al Sevilla de siempre.
Se preveía un segundo tiempo con más de lo mismo y así fue en un principio, pero resulta que el equipo se fue calentando y a raíz de la entrada de Luna, -casualidad, acierto o cansancio valencianista- el equipo cambió drásticamente. Se empezó a manejar el balón, a meter al rival en su área y a crear ocasiones de gol. Pero, una vez más, se evidenció la cojera de este equipo y la falta de ambición y de mentalidad. ¿Por qué sale este equipo tan acomplejado siempre? ¿Por qué esa falta de confianza y de talante?
Durante buena parte de este segundo tiempo, el equipo ganó en intensidad y en profundidad y superó claramente al Valencia. Se pudo empatar, sobre todo en un cabezazo al travesaño y en una jugada en la que Luis Alberto, por inexperiencia, se precipitó cuando se encontraba en magníficas condiciones bien de profundizar, bien de crear otras opciones ventajosas. No llegó el empate y al final quedó un sabor agridulce y la pregunta del millón, ¿por qué hay que esperar siempre a estar con el agua al cuello para sacar lo que hay que sacar en estos partidos? En fin, otras vez, más de lo mismo. Pudo ser, pero no fue.
El árbitro empezó su merienda de negros, con tres tarjetas amarillas, una de las cuales la de Medel vino precedida de una falta de Albelda que no pitó. Luego, sin embargo, le perdonó la segunda a Medel en una falta en pleno centro del campo, totalmente absurda. Y mediada la segunda parte, le perdonó la segunda a Soldado en un piscinazo de escándalo. Comienzo sospechoso, final irregular.
Tuvo ocasiones el Sevilla, muy claras, para haber empatado. Es evidente que si en una de esas hubiera marcado, las crónicas hoy hablarían, seguramente, de partidazo y de otras chorradas por el estilo, pero como ha perdido las chorradas son otras. Chorradas pesismistas, porque la única razón que existe en este deporte es el gol. No hay otra. Sobre todo cuando no eres el Barsa y no tienes a Messi en tu equipo. Y como en ataque tenemos lo que tenemos, pues eso es lo que hay. No hay más cera que la que arde.
Lo mejor del uno a cero: la ilusión. La ilusión de la remontada en Nervión. Por qué no. Ciao, amigos, hasta siempre.
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